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20121111

CHINA, el futuro mega-urbano.

CHINA, el futuro mega-urbano. Hablaré de el que es Probablemente uno de los centros industriales, empresariales y culturales más importantes del siglo XXI, sin ceder a la futurología: el sistema regional metropolitano de Hong Kong-Shenzhen-Cantón-delta del río de las Perlas-Macao-Zhuhai. Miremos al futuro megaurbano. Este sistema espacial se extiende por 50.000 km.', con una población total de entre 50 y 60 millones, según dónde se definan las fronteras. Sus unidades, esparcidas en un paisaje predominantemente rural, presentan una conexión funcional diaria, comunicándose mediante un sistema de transportes multimodal que incluye trenes de alta velocidad, ferrocarriles, autovías, carreteras comarcales, aerodeslizadores, lanchas y aviones. Nuevas autopistas siguen en construcción y se duplican las vías de comunicación. Un sistema de telecomunicaciones de fibra óptica de última generación conecta toda la región internamente y con el mundo, vía estaciones terrestres y telefonía celular. Existen cinco aeropuertos y dos más en construcción en Hong Kong, Macao, Shenzhen, Zhuhai y Guangzhou, con una capacidad prevista de tráfico de pasajeros de 150 millones anuales. También se siguen construyendo más puertos de contenedores en North Lantau (Hong Kong), Yiantian (Shenzhen), Gaolan (Zhuhai), Huangpo (Guangzhou) y Macao, sumando en total la mayor capacidad portuaria del mundo en un emplazamiento determinado. En la raíz de este asombroso desarrollo metropolitano se encuentran diversas problemáticas. Este proceso acelerado de industrialización orientada a la exportación y conexiones comerciales entre China y la economía global condujo a una explosión urbana sin precedentes. La Zona Económica Especial de Shenzhen, en la frontera de Hong Kong, creció de cero a 1,5 millones de habitantes entre 1982 y 1995. Los gobiernos locales de toda la zona, con abundantes fondos procedentes de los inversores chinos de ultramar, se embarcaron en la construcción de importantes proyectos de infraestructura, el más asombroso; la decisión del gobierno local de Zhuhai de construir un puente de 60 km. sobre el Mar de China Meridional para conectar por carretera Zhuhai y Hong Kong. Mar de China Meridional La Metrópolis de China Meridional, aún en proceso de creación, pero una realidad segura, es una nueva forma espacial. No es la megalópolis tradicional identificada por Gottman en los años sesenta en la costa noreste de los Estados Unidos. A diferencia de este caso clásico, la región metropolitana de Hong Kong-Guandong no está compuesta por la conurbación de sucesivas unidades urbanas/suburbanas, cada una de ellas con una autonomía funcional relativa. Se está convirtiendo rápidamente en una unidad interdependiente económica, funcional y socialmente, más aún después de que Hong Kong pasó a ser parte formal de China en 1997, mientras que Macao se unió a la bandera en 1999. Pero existe una discontinuidad espacial considerable en la zona, con asentamientos rurales, terrenos agrícolas y áreas subdesarrolladas que separan los centros urbanos, y fábricas industriales diseminadas por toda la región. La columna vertebral real de esta nueva unidad espacial son sus conexiones internas y la más indispensable con la economía global mediante los múltiples vínculos de comunicación. Los flujos definen las formas y los procesos espaciales. Dentro de cada ciudad, dentro de cada zona, tienen lugar procesos de segregación y segmentación, en un patrón de variación interminable. Pero esa diversidad segmentada depende de una unidad funcional, marcada por infraestructuras gigantescas con un uso intensivo de la tecnología, y que parecen conocer como único límite la cantidad de agua dulce que la región puede aún recuperar de la zona del río Tung Chiang. La Metrópolis de China Meridional, pasó de ser vagamente percibida, en la mayor parte del mundo, como una ciudad rural a ser el rostro urbano más representativo del siglo XXI. Las tendencias actuales apuntan en la dirección de otra mega ciudad asiática a una escala aún mayor cuando, a comienzos del 2013, el corredor Tokio-Yokohama-Nagoya (ya una unidad funcional) se conecte con Osaka-Kobe-Kyoto para crear la mayor aglomeración metropolitana de la historia humana, no sólo en cuanto a población, sino en cuanto a potencia económica y tecnológica. Así pues, pese a todos sus problemas sociales, urbanos y medioambientales, las megaciudades seguirán creciendo, tanto en tamaño como en atractivo para la ubicación de las funciones de alto nivel y en la elección de la gente. El sueño ecológico de comunas pequeñas casi rurales se verá empujado a la marginalidad contracultural por la marea histórica del desarrollo de las megaciudades. Porque las megaciudades son: A) Centros de dinamismo económico, tecnológico y social en sus países y a escala global. Son los motores reales del desarrollo. El destino económico de sus países, ya sea en los Estados Unidos o en China, depende de los resultados de las megaciudades, a pesar de la ideología de pueblo pequeño que aún es dominante en ambos países; B) Son centros de innovación cultural y política; C) Son los puntos de conexión con las redes globales de todo tipo. Internet no puede saltarse a las megaciudades: depende de las telecomunicaciones y los «telecomunicadores» ubicados en esos centros. Sin duda, algunos factores aminorarán su ritmo de crecimiento, dependiendo de la precisión y efectividad de las políticas diseñadas para limitarlo. La planificación familiar está funcionando, pese al Vaticano, así que cabe esperar que continúe el declive actual de la tasa de nacimientos. Las políticas de desarrollo regional quizás puedan diversificar la concentración de puestos de trabajo y población a otras zonas. Y preveo epidemias a gran escala y la desintegración del control social, que harán a las megaciudades menos atractivas. Sin embargo, en general, aumentarán en tamaño y dominio, porque siguen nutriéndose de población, riqueza, poder e innovadores de su extenso entorno. Además, son los puntos nodales que conectan con las redes globales. Así que, en un sentido fundamental, en la evolución y gestión de esas áreas, se está jugando el futuro de la humanidad, y del país de cada megaciudad. Son los puntos nodales y los centros de poder de la nueva forma/proceso espacial de la era de la información: el espacio de los flujos.

20100714

ENSAYO: Jonathan ibe, el verdadero artista detrás de la manzana mordida.

Cuando el IPad fue presentado al mundo APPLE nos recordó que una de las empresas más innovadoras en el universo de la tecnología funciona con las mecánicas más primitivas de la naturaleza. Así es, cautiva no por su tecnología, no por sus elementos cibernéticos ni por su funcionabilidad; coquetea con algo más simple y antiguo. Seduce por la vista y enamora por el tacto.

Pero detrás de los artículos más famosos de APPLE existe algo más que Steve Jobs. Y es la historia del artífice del fetichismo silencioso del imperio MAC. Hablamos del artista Jonathan Ibe.

Pocos de nosotros lo conocemos y sin embargo, Queremos pedazos de Jonathan Ibe. Queremos ser dueños de lo que crea, aunque ni siquiera sepamos quién es. Pedimos iPods, iPhones y iMACs, porque sentimos que, de alguna forma, van a mejorar nuestra existencia. Porque van a hacernos más elegantes. Más sofisticados. Queremos algo de Jonathan Ibe por razones que pudorosamente podríamos llamar culto a la ilusión, o peor aún, culto al fetichismo.

Y aún así, no sabemos nada de él. Ni su nombre ni su rostro. A veces, ni siquiera sabemos de su existencia. Jonathan Ibe, el vicepresidente de diseño industrial de APPLE, podría caminar junto a ti o junto a su jefe, Steve Jobs, y pocos sabrían si pedirle un autógrafo. El mito dice que es por su timidez, por eso da muy pocas entrevistas y le molesta tanto que hablen de su vida privada, de sus 70 horas de trabajo semanales y de su sueldo millonario que, se rumora, supera el millón y medio de dólares anuales.

Jonathan Ibe habla poco y, cuando lo hace, casi siempre es para repetir un libreto exitoso. Cuando llega a hablar sobre las genialidades del diseño de APPLE, que realmente son suyas, nunca desliza un "yo", pues mantiene la lealtad al "nosotros", a ese equipo de una docena de diseñadores que han venido desde varias partes del mundo a trabajar con él y a encerrarse en las oficinas de Cupertino, California. Ibe es considerado el heredero natural de Jobs y trabaja en APPLE hace 18 años. Pero nunca, nunca, un periodista ha podido entrar a su laboratorio, donde -reza el mito- imagina sus diseños para los productos comiendo pizza. Sabemos de Jonathan Ibe lo que él mismo deja entrever. . Le gusta la vida acética, tiene 42 años, es inglés y uno de sus pocos lujos permitidos es manejar un Aston Martin. Pero hay cosas, quizás detalles, que ni siquiera Jonathan puede esconder. Como las piezas que diseña. Después de todo, nadie puede pensar un producto -como el IPod, que ha vendido más de 150 millones de unidades- sin poner parte de sí en juego. Si Steve Jobs es dueño de la manzana mordida, Jonathan ibe es el propietario legítimo de ese trozo faltante.

Jonathan Ibe, incluso si lo quisiera, no es un ser invisible. Hagamos un poco de memoria e imaginemos esto: un computador no siempre fue un objeto de deseo. Hace un tiempo, no tanto, estos aparatos no se veían tan distintos a una caja de zapatos. Eran cajas grises y aparatosas, con muchos botones y un cableado trasero que resultaba, a lo menos, poco sexy. Imaginemos a Jonathan Ibe, aún en la Universidad de Northumbria , sentado frente a uno. Pensemos que el tipo que está ahí viene de un suburbio de clase media al este de Londres, llamado Chigford. Él se acercó al diseño por que le encantaba desarmar cosas. Jonathan Ibe, antes de ser el diseñador tímido que le pedía a Steve Jobs recibir sus premios, era un niñito inglés, hijo de un platero, al que retaban porque desarmaba cosas que después no podía volver a armar. Pero en ese ejercicio, si se quiere, Ibe fue puliendo una mirada que cruzaría toda su obra: todos los objetos podían desarmarse hasta llegar a una estructura mínima y funcional. Por eso es que Jonathan odiaba los computadores. Porque eran cajas complejas que no lo ayudaban en su diseño. Y eso lo deprimía un poco. Porque junto a ese fetichismo por los objetos fabricados, John también dibujaba. Pero esa habilidad la fue perdiendo. Sin otra posibilidad que un computador para diagramar algo, Ibe se sentó frente a un monitor, una CPU y teclados que se veían distintos. En el laboratorio de la universidad le dijeron que era un MAC. Afirma fue conmovido por el diseño y la navegación amigable pues se sintió, de alguna forma, conectado con ese objeto. Desde entonces, la historia y la narrativa de esa compañía le quedaron dando vueltas. No obstante aún le llevaría tiempo transformar el diseño de los computadores. En la universidad, Jonathan tuvo que pasar por clases de escultura, donde conoció la limpieza del blanco y que la forma y color de un objeto cambiaban la percepción que uno tenía de ellos. Tuvo que graduarse con ganas de diseñar autos, fundar su propia consultoría de diseño -Tangerine- y encontrar fascinación en el diseño de un lavamanos o un W.C. Y porsupuesto, no le gustaba eso.

De igual forma odiaba vender y publicitar sus productos. Eso, pensaba, sólo distraía su mente del diseño. Y éste, recordemos, es un tipo que buscaba un grado de pureza, unidad y redondez en las terminaciones de todo lo que unía su vida. Esa búsqueda, incluso, llegó hasta su rostro. Ibe usa el pelo milimétricamente corto y se deja crecer una barba que agrega textura y contorno a esa cara que tan poco vemos. Por eso, le dolía tener que subirse a un auto y manejar para intentar vender algo a administrativos aburridos.

En esos tiempos John sacaba aplausos de sus colegas con ideas como un teléfono en forma de signo de interrogación o un juego de audífonos y micrófono para mejorar la interacción entre profesores y alumnos con problemas de audición.

Pero en Tangerine Jonathan se veía obligado a vender. Aunque en esta historia, al menos, un diseñador salvó a otro diseñador. IMan Robert Brunner tiene un video en YouTube donde resume su propio legado. Él fue el jefe de diseño de APPLE hasta 1997. En ese video, de hace tres años, dice estar seguro de su epitafio y afirma: en mi lápida sólo debería leerse una cosa: "Este fue el tipo que contrató a Jonathan Ibe".
Brunner había escuchado sobre el talento de Ibe y quería trabajar con él. Pero Jonathan siempre decía “no”. Sólo lo convencería la promesa de jamás tener que venderle nada a nadie de irse a California. Eso y un cheque con suficientes ceros llevaron tiempo después al inglés a cruzar el atlántico.

Jonathan llegó a APPLE en 1992. En esa época, la manzana se pudría. Perdía dólares y lloraba el retiro de Steve Jobs. A mediados de los noventa, antes de la masificación de Internet, IBM era la marca cool en el nada glamoroso mundo de los computadores.

Entonces regresó Steve Jobs y de los 60 productos de APPLE , sólo sobrevivieron cuatro. Ibe trabajaba mientras todo eso pasaba y escuchaba cómo se sucedía una larga lista de nombres de candidatos que venían a quitarle el puesto. Trabajar con Jobs, además, no era simple. Se han escrito muchas páginas con anécdotas sobre su tiránico estilo de liderazgo. Historias, como las escuchadas por Ibe, afirmando que el tipo alguna vez le había pedido a un diseñador un computador donde no se vieran los tornillos. Y peor aún, lo corrió cuando encontró uno, escondido en la base de la CPU. Pero Jobs olfateó talento. Vio que compartía líneas con Ibe pues ambos perseguían obsesivamente la limpieza y la sencillez de los objetos. Los dos compartían cierta aversión a la exposición pública y tenían claro una de las principales funciónesn del diseño como la forma de encontrar soluciones, facilitando el diálogo con el usuario y reduciendo todo a su mínima expresión.

La leyenda cuenta que todo sucedió en el huerto de la esposa de Jobs. Ahí, ibe recibió la sugerencia de Steve de repensar el IMAC. La ilusión de transformar el diseño se materializó y de inmediato Jonathan olfateó la oportunidad de convertir en lo que él quisiese esas aburridas cajas grises

Ibe contestó un año más tarde, en 1998, con un computador colorido y frutal, bautizado como iMAC G3, el cual vendió dos millones de unidades en su primer año. El resto, todo lo que Ibe creó después, quedó en nuestros bolsillos y en nuestros escritorios. Ibe se inspiró en girasoles para sacar la segunda generación de iMACs y en una caja de cigarros para pensar el IPod. La música, después de todo, también era una adicción. El iPhone, que lanzó en 2007, había sido su último gran diseño. Hasta ahora. Porque todos hablaban del IPad. Todos querían saber cómo se vería y si Ibe podría hacerlo de nuevo. Porque de eso se trataba. Jonathan Ibe, casado, con dos hijos y a punto de cumplir 43 años, lo volvió a lograr; se hizo cargo de las expectativas y el fetichismo geek que había instalado. Nunca el minimalismo había sido tan perversamente cautivador.

cuando Steve Jobs lo mostró, dijo que el IPad era como sujetar internet con las manos y la gente gritó en su subconsciente, queremos más de Jonathan Ibe, Jonathan ibe… y Jonathan ibe escondido en alguna parte, entendió que esto no iba a detenerse. Que toda esa gente que gritaba no iba a vivir tranquila, hasta que tuvieran otro pedazo de él… Y el artista nos volvió a regalar un trozo más de él, materializando el fetichismo para construir el nuevo iphone.

Hablamos no de la sombra de Steve Jobs, nos referimos al verdadero genio detrás de nuestra manía por adorar ídolos tecnológicos ¿Cuándo Jonathan nos mostrará de nuevo la manzana prohibida para morderna de nuevo?

Mientras tengo encendida mi Mac, escucho mi ipod y realizo una llamada por mi iphone me pregunto ¿cuál será el próximo tótem posmoderno de Jonathan Ibe?

Si Andy Warhol es el artífice del fetichismo maquinal; Jonathan Ibe es dueño del fetichismo silencioso.

20100528

ENSAYO: LA GRAN TRADICIÓN DE LA MODERNIDAD

Las enormes islas de hormigón son enigmas eternos e inexcusables. Se les puede reprochar sus defectos, ver multitudes caminando hacia la nada, registrar la dimensión de la pequeñez humana; pero no se puede estar sin ellas. Eso sucede con Nueva York, la gran ciudad de los rascacielos, paradigma y paradoja de la ciudad moderna. Pero también puede decirse de muchas otras que crecieron para competir en grandeza, en excesos, en confusión, en el apasionante crecer hacia el cielo, en la sutil belleza, en atosigamientos multitudinarios, en vértigos callejeros, en densas autopistas, en expresiones artísticas que brotan como juncos, en ristras de edificios donde las princesas se cruzan con los sapos, en el fabuloso caos, en sus pretenciosas arquitecturas; simplemente en la incomprensible contradicción.

Al comienzo de la serie “sex and the city” se nos muestra el epítome de la metrópolis moderna. Vestida y engalanada con fastuosos rascacielos. Monumentos al ego humano que en un esfuerzo mediocre intentan igualar a la naturaleza. Pero no es la única, también existen "las otras Nueva York". Son mega ciudades, casi ilusorias, modernas Babel donde todo es parecido y diferente. Y todas se miran en el espejo deslumbrante y deforme de la gran NY.

En este artículo, un apasionante viaje por esas "otras" urbes monumentales.

Kuala Lumpur, Malasia

A diferencia de otras ciudades del sudeste asiático, Kuala Lumpur -o simplemente KL- es joven, cosmopolita y casi occidental. La mayoría de sus edificios coloniales lleva la influencia europea: sobresalen los de estilo Tudor, como el gran Museo Nacional, o los neogóticos. También es llamativa la herencia islámica.

Esta ciudad de agujas hacia el cielo está asentada al sur de la península de Malaca, entre montañas y mar. Los dos ríos que la atraviesan dejan sus aguas en una luminosa bahía.

Calurosa y húmeda, ofrece todo lo que una ciudad puede albergar. Sus casi dos millones de habitantes, más un porcentaje importante de los ocho millones del área metropolitana que cada día entran a la ciudad, le dan a esta urbe una intensidad previsible, aunque bastante ordenada comparado con otras urbes.

Si bien la capital de Malasia es famosa por las bellísimas Torres Petronas con sus 452 metros de altura, -los edificios más altos del mundo hasta 2003-, tiene mucho para ofrecer y sorprender. Desde los frontispicios del Templo Hindú hasta Istana Negara, un conjunto blanco con cúpulas semiesféricas que sorprende con su señorío. O el edificio del Teatro Nacional (Istana Budaya), que sobresale por su estilo colonial europeo, y las mezquitas de Masjid Jamek y Masjid Negara se recortan sobre un conglomerado de edificios de cemento y vidrio que dejan boquiabiertos.

El moderno monorriel que irrumpe en las alturas, compite con la sorprendente y antigua Plaza del Mercado y su infaltable Chinatown; y claro está, una hilada de cafés al mejor estilo occidental -entre los que se destaca el Beach Club, el mejor bar de Asia- se suma a una abundante oferta de restaurantes. En el Sudu, decorado con pinturas batik y lámparas colgantes chinas, se puede saborear el mejor pollo tandoori malayo. Como otras ciudades asiáticas, KL es relativamente económica; los servicios hoteleros ofrecen desde servicios básicos hasta gran clase, de tarifa internacional.



Seúl, Corea

Es posible que un viaje en el metro de Seúl pueda dar una idea exacta de la dimensión y el latido de esta gigantesca urbe, capital de Corea. Su recorrido, distribuido en nueve líneas, abarca unos 287 kilómetros. Esta serpiente traslada cada día unos ocho millones de pasajeros. En la superficie vibra un entramado de avenidas, autopistas, calles y callejuelas por donde cruzan diariamente gran parte de los 21 millones de habitantes de la ciudad y sus alrededores.

Si no fuera por alguna bellísima pagoda que emerge descontextualizada, o por el mercado de Namdaemun, de auténtica raíz asiática, Seúl muestra un anelo de esa ciudad occidental.
La arquitectura de Seúl contribuye a aumentar el estilo del Antiguo Oriente, con el Oeste Moderno, tan particular de la ciudad coreana. sin embargo, En esta Nueva York asiática todo parece extraño. Los remotos vestigios de una cultura fascinante conviven con construcciones modernas y tecnología de punta. Así, se puede recorrer los palacios y santuarios de la realeza de la Dinastía Joseon y chocar con el estadio de la Copa Mundial en Seúl; se puede pasear por el famoso Lotte World, o el Parque Nacional de la Montaña Bukhansan, y llegar a la curiosa calle Daehangno, una suerte de mercado, paseo y parque donde confluyen millares de jóvenes.

El Edificio 63 es un rascacielos escalofriante asentado a la vera del río. Sus paredes externas doradas tiñen con brillos de oro los alrededores. Tiene teatros, restaurantes, un centro comercial y un acuario y, por supuesto, una torre de observación. Un esplendente ascensor de vidrio conduce hacia las alturas y deja a toda la ciudad en miniatura. Por las noches, el río Hangang, sus puentes iluminados con delicadeza y el tránsito que serpentea en una ciudad estridente, ofrecen una vista sobrecogedora.



Tokio, Japón



Quizá Tokio sea la más occidental de las ciudades orientales. Por un lado, es una urbe sobredimensionada, de edificios enormes y casi siempre bellos; y un enjambre de vías rápidas, surcada por millones de vehículos. Por otra parte, hay una Tokio de calles angostas, de pasadizos, hija del Japón medieval. Lo que las une es la prolijidad, la preocupación por el espacio, la limpieza, la confianza en el prójimo y los buenos modales.

Con sus 550 años de vida, la capital del Japón no es su ciudad más antigua, pero sí la más representativa. Sus 23 barrios albergan una población cercana a los 8,5 millones de habitantes; si se le suma el área metropolitana, reúnen la friolera de 35 millones. A pesar de ello, todo funciona. Una red de 70 líneas de trenes subterráneos y de superficie penetra la ciudad en todas las direcciones.

Tokio tiene una oferta atractiva e inabarcable. La zona Ryogoku esta sembrada de pequeñas tiendas. El Museo Edo-Tokyo tiene una exposición permanente de la historia de la ciudad. Vecino a éste, el antiguo puente de Kuramae conecta con el antiguo barrio Kokugikan. En Akihabara está el paraíso de la electrónica y los consumidores de marca tienen su paraíso en Ginza, la calle más cara del mundo. Su contratara, el mercado de Ameyoko, donde las tiendas ofrecen precios más económicos. En el típico barrio de Asakusa se suceden los templos, las tiendas y los restaurantes en callejuelas estrechas que terminan junto al río Sumida.

El barrio Shinjuku es un suspiro de Manhattan. Los grandes rascacielos, los elevadores y las torres ofrecen vistas inigualables de la ciudad. Y en Odaiba, definitivamente Tokio se hace Nueva York: en plena bahía hay una réplica de la Estatua de la Libertad. A lo lejos, sobresale la gran Torre de Tokio, una copia de la Torre Eiffel, que sorprende tanto como un tren elevado que funciona sin conductor y que atraviesa el famoso puente colgante Rainbow Bridge, muy parecido al puente de San Francisco pero en color blanco. En esta postal urbana también destaca su torre tocho con sus 243 metros y sus más de mil millones de dólares de presupuesto.



Yakarta, Indonesia



Los ocho millones y medio de habitantes que fatigan a Yakarta -una ciudad plagada de rascacielos-, amanecen cada día envueltos en una bruma inclaudicable. Esos enormes bloques de cemento, y la polución, no parecen capturar a muchos. Sin embargo, como toda gran urbe, tiene un pulso ruidoso y perfumado que cautiva y sorprende.

Situada en la isla de Java, si se cuenta su área metropolitana, Jakarta suma alrededor de 18,6 millones de habitantes. Si bien riqueza y pobreza se entrecruzan en cada esquina, no es una ciudad particularmente violenta. La red de autobuses hilvana todas sus calles y callejuelas y contribuye grandemente al caos. Por lo demás es una ciudad auténticamente cosmopolita. Como recibe a inmigrantes de distintas partes de la isla de Java, en la calle se mezclan dialectos, comidas y coloridos diferentes. Además de una gran colectividad china, en la ciudad conviven unas 300 etnias que hablan unas 200 lenguas: una auténtica Babel.

En el centro de la ciudad, sorprende el edificio del Museo Nacional y la admirable Mezquita Istiqlal, de cuya estructura geométrica, muy blanca, sobresale su cúpula semiesférica. Inmensa como es, intenta ser empequeñecida por una selva de hormigón que domina el cielo, pero no opaca su belleza.

Desde ya, esta gran metrópoli ofrece una variada e intensa actividad nocturna,

centrada en los grandes hoteles; también se pueden visitar lugares típicos llamados gamelan y wayang, donde predominan los espectáculos musicales.
Como en otras ciudades orientales, el tránsito genera sus propias reglas. Los días de semana, millones de personas y vehículos componen su cinfonía estridente y ensordecedora. Otro millón de pequeñas motocicletas agrega su dosis de confusión y ruido. Los fines de semana, es una ciudad más manejable.
Jakarta es un inmenso bazar. Aquí se vende y se compra de todo: en los miles de puestos en las calles o en sus majestuosos malls, donde Jakarta saca su patente internacional: Louis Vuitton, Gucci, Prada y otras marcas conviven con las mesas de alimentos, muchísimas tiendas de compraventa de oro y diamantes, y los infaltables negocios de telefonía móvil.
A la hora de comer, los locales prefieren el pato y el tofu, y papaya y mango en cantidad; y entre las bebidas, predomina la cerveza. Hay muchísimos y variados restaurantes de todo precio, pero como toda gran urbe, ofrece por monedas menúes de paso, ricos y vistosos. En algunos pequeños restaurantes se puede comer un plato de arroz con carne estofada por 16.000 rupias, esto es, menos de dos dólares.

Chicago, EE.UU.

Dicen que si Nueva York no fuera lo que es, la corona de reina de las ciudades la llevaría la legendaria Chicago. Gran metrópolis, bellamente diseñada, ofrece, además de ese pulso propio de lo urbano muy desarrollado, el arte en las calles. Un mural de Chagall, esculturas de Picasso o de Miró, o un rapero haciendo de las suyas.
Atravesada de norte a sur por la Avenida Michigan que conduce hacia el lago homónimo, Chicago ofrece un sutil equilibrio entre desarrollo desmesurado y buen gusto.
Los singulares edificios de principios de siglo pasado conviven con la arquitectura innovadora del siglo XXI. Como cuna de los rascacielos, Chicago fue pionera en la construcción con estructura metálica. Desde cualquier punto de la ciudad se puede ver la Torre Willis, antes Sears, de 110 pisos y 442 metros de altura. Sus antenas llegan a los 520 metros, lo que la convierte en la segunda más alta del mundo. Revestida en cristal oscuro, en el último piso tiene un mirador espectacular. De allí se domina la ciudad, su extensa planicie, y el inmenso lago Michigan. No por nada aquí vió la luz el premio Pritzker.

Chicago tiene 72 museos y decenas de edificios de valor histórico y arquitectónico. El Millennium Park es un desarrollo urbano gigante con teatros y salas de exposiciones. En el embarcadero sobresale el Chicago Shakespeare Theater; los amantes de las compras sofisticadas concurren en The Magnificent Mile; y el Pullman Historic District brinda una hermosa vista sobre el Chicago antiguo.
En el downtown China Town tiene su singular encanto y la zona toda trae remembranzas de la mafia siciliana y la inevitable referencia al ya mítico Al Capone. Aquí el tren zigzaguea caprichosamente entre las calles y los circuitos de restaurantes dan fe de que ésta es una de las más seductoras ciudades del mundo.

Shanghai, China

El Jardín Yu está ubicado junto al Templo de los Dioses. Diseñado con los preceptos milenarios de la jardinería china, ya cumplió 400 años. Cerca de este jardín sobresale la Casa de Té en Medio del Lago, en el centro de un estanque unido a tierra por un camino zigzagueante.
Desde este pequeño paraíso se tiene una visión extraordinaria de la ciudad de Shanghai, la más grande de la República Popular China. Sus casi 20 millones de habitantes conviven en una apretada selva de cemento, vidrio y hierro, frente al Mar de China Oriental.
En Shanghai se unen tres tradiciones que la hacen única. La dilatada tradición china, la impronta europea decimonónica y los vastos rascacielos que la ubican en una sugestiva modernidad.
En Bund, en la ribera del río Huangpu, los chinos pasean, ven pasar los barcos y practican tai chi. Lo demás, es una urbe descomunal; a veces inmanejable y seductora, como toda ciudad multitudinaria.
Ejemplo de su desarrollo es el Maglev, el tren más rápido del mundo: recorre en tan sólo ocho minutos los 30 kilómetros que separan el aeropuerto de Pudong del distrito financiero. Desarrollado con un sistema de levitación magnética alcanza una velocidad superior a 430 km/h; el billete más barato cuesta 50 yuanes (unos 7 dólares), caro aún para los locales.
En Pudong sobresale la torre de televisión Perla de Oriente, de 457 metros de altura; es sólo uno de los más de 130 edificios que superan los cien metros.
Por abajo, se apiñan y alinean grandes almacenes, alamedas de compras, tiendas tradicionales y los gigantes supermercados. En su interior, ofrecen un arsenal de novedades; originarias o importadas, no importa. Marcas propias o internacionales están ahí eligiendo sus compradores.
En el Camino de Nanjing, conocido como "calle del negocios número 1 de China", se vende todo lo posible conocido y lo desconocido también. El Camino de Huaihai se especializa en boutiques de marcas famosas. En Shanghai todo es excesivo; toda la oferta es numerosa; todo lo que pasa es llamativo; no deja tiempo al descanso. En todos los rincones hay gente, en todos lados alguien compra o vende, en cada callejuela alguien come algo; en cada esquina, alguien saca una foto. El crecimiento colosal de Shangai nos explica por que china consume la mitad de la producción mundial de hormigón al año.

San Pablo, Brasil

Internacional y mundana, materialista y moderna, San Pablo es sencillamente impresionante. Sus calles elegantes, que respiran cierto aire neoyorquino, dejan emerger edificios fastuosos en forma de hoteles, restaurantes y boutiques de primer nivel. Como toda gran ciudad, San Pablo, corazón comercial, industrial y financiero de Brasil, ofrece alojamiento y gastronomía para todos los gustos y presupuestos. Y muchos más autos de los que una ciudad puede soportar. Resume todas las ventajas y desventajas de una mega ciudad, con el plus que brinda ese color típicamente brasileño.
Por su dimensión y conflictividad social puede resultar una ciudad intimidatoria; sin embargo es perfecta para aquellos que gustan de las grandes concentraciones y de la vida nocturna. Si NY es la ciudad que nunca duerme, Sau Pablo es "la ciudad que no puede parar".
Su arquitectura verifica este axioma. San Pablo crece hacia arriba, como si no hubiera límites. Tiene 5.644 edificios; solo es superada por las dos ciudades emblemáticas del caos: Hong Kong, con 7.650 y, por supuesto, Nueva York, con 7.765. El mítico Edificio Italia tiene un restaurante que mira el techo de la ciudad desde su piso 42, a 168 metros de altura. El Altino Arantes está inspirado en el Empire State Building, de Nueva York.
El turismo cultural se solaza con la Bienal de Artes y el Sao Paulo Fashion Week. La ciudad, por cierto, garantiza la diversión nocturna con 120 teatros, 280 cines, 71 museos, 39 centros culturales, más de 12.500 restaurantes con 52 tipos de cocina, 15 mil bares, 410 hoteles y 42 mil departamentos disponibles. Por si esto fuera poco alberga al año 90 mil eventos (es decir, uno cada 6 minutos)

la oferta culinaria está marcada por el sincretismo cultural fruto de la diversidad inmigratoria. A la importante presencia de origen afro se suma la mayor población de descendientes japoneses del mundo y las definidas colectividades de chinos y coreanos. Y, desde ya, las corrientes centro europeas y latinas.

Como podemos observar en estas grandes ciudades se erigen los tótems arquitectónicos del poder capitalista, continuación lógica de las demostraciones materiales de las épocas anteriores. Rascacielos que por si solos perderían identidad pues lo mismo podrían ser depositados en Shangai, Tokio, nueva York o Yakarta sin perder sus particularidades, son enriquecidos por el paisaje milenario de la tradición de las místicas ciudades.